ISLAS MAURICIO

Isla Mauricio es un gigantesco dodo (58 por 47 kilómetros de diámetro) flotando en medio del Océano Índico. Un dodo paticorto que esboza una gran sonrisa (la sonrisa del Índico) y que sobrevive al destructivo paso del tiempo y del hombre, con una fuerza innata, sumergida en su interior volcánico, de una riqueza exuberante a pesar de la expoliación sistemática a la que ha sido sometida.

Texto y fotos: Air Mauritius

Pero Mauricio es mucho más que un náufrago recuperado del mar. Su ansia por trascender al paso del tiempo y a la rapiña humana se palpa especialmente en Port Louis, su capital. Desde lo alto del Fuerte Adelaida las imágenes rotas y aisladas recogidas en cada calle, en cada esquina, componen un mural absoluto de la riqueza local.

Mezquitas, pagodas, iglesias y templos hindus salpican un horizonte rodeado de mar y colinas. En un extremo, el hipódromo Champ de Mars, acrobáticamente situado, da idea de la pasión local por las apuestas y los caballos, y en el otro, el puerto demuestra que los tiempos modernos se han instalado en la isla sin perturbar sus tradiciones.

Luego, al descender de la loma, la imagen global estalla y se convierte en un barrio chino laborioso donde se concentran buena parte de los comerciantes de la isla; en su mercado principal, popularmente conocido como “El Bazar”, cuajado de verduras frescas y multitud de especias que empalagan los sentidos hasta casi anularlos; en establecimientos repletos de productos multicolores o en un moderno centro comercial (el Caudan Waterfront, uno de los mejores de la isla) en el que jóvenes parejas musulmanas se sientan, codo con codo, con los vástagos de los criollos nacidos al amparo de la colonización, especialmente francesa, para degustar toda una suerte de platos orientales.

Herencia colonial

La isla entera está bordada con un rosario de lugares históricos más o menos conocidos: desde las calas y playas de arenas inmaculadas en las que corsarios como Surcouf se escondían y contaban su botín, hasta solemnes casas coloniales como la de Eureka, una de las más bellas, construida por un lord inglés, adquirida por una distinguida familia local de raíces francesas y hoy reconvertida en museo y restaurante.

Grandes estancias de crujiente madera se abren al jardín que, como un amplio cinturón verde, espeso y húmedo, aísla la antigua residencia del ir y venir de la vida del siglo XXI. Sobre el porche, las palmeras, los tamarindos y las buganvillas se columpian levemente, evocando otros tiempos, otras personas, otras costumbres. Aún se pasean por el porche, techado con flores rosas, malvas y lilas, la elegancia y la distinción de la metrópoli que durante el siglo XIX controló la isla.

El paso de los ingleses por Mauricio dejó tras de sí dos huellas más, mano de obra barata y obediente cuando llegaron, contribuyentes esenciales de la idiosincrasia mauriciana hoy en día: indios y chinos. Ambas comunidades se adaptaron perfectamente a la vida isleña, se instalaron durante generaciones en toda su geografía y supieron, con el paso del tiempo y los vaivenes sociales y políticos, atar los cabos de sus respectivos medios de vida. Sin mezclas, pero también sin altercados, ambas comunidades conviven rítmicamente en ciudades y campo.

El barrio chino de Port Louis es una sugerencia oriental delimitada por la tradicional puerta multicolor de bienaventuranza. Silenciosos y discretos, sus habitantes deambulan de aquí para allá, entran y salen de sus comercios y restaurantes y  se afanan por levantar un poquito más sus ya de por sí prósperos negocios.

Los indios, tamiles en su mayoría, se arremolinan en los barrios aledaños y a lo largo de la carretera principal, donde sus casitas repletas de vida se asoman al mar, rodeadas por imaginería rosa, verde, azul y blanca, chiquillos alborotadores y perros de alambre. Entre las cañas de azúcar de los campos, a través de los cuales discurre la lengua asfáltica, surgen de pronto hombres de ojos almendrados, empujando en muchos casos enflaquecidas bicicletas.

El centro espiritual de esta comunidad es el templo Kaylasson, el más alto de cuantos se puedan encontrar en la zona del Índico. Como si de una falla valenciana se tratara, su cúpula, adornada con miles de figuras, arcos, bovedillas, pilares y flores, cosquillea en el vientre azul del cielo mauriciano. Del interior, al que no está permitido acceder sin haberse sometido a una ceremonia de purificación, fluyen los olores de la fruta madura, el sándalo y el incienso con los que se venera a la gran familia de deidades. Incluso se puede percibir el restallar de los cocos con los que las mujeres solicitan los hijos a la Gran Diosa.

Maravillas naturales

En la sucesión de cuentas coloniales, hay otra de extraordinaria belleza, anterior a Eureka y fruto, esta vez, de las mentes privilegiadas de dos franceses, Pierre Pivre y Nicolás Cére: los Jardines de Pamplemousses, de los más interesantes del mundo.

Hoy, tras haber sido campo de cultivo con el que el gobernador francés Labourdonnais suministraba verduras frescas a la colonia gala y a los marineros que atracaban en las bahías cercanas, plantación de moreras de la industria del gusano de seda para mayor gloria de la Compañía de Indias y vivero de especias, Pamplemousses es un vergel de 25 hectáreas en elque se acumulan todo tipo de palmeras (incluida la real, que sólo florece cada 40 años) eucaliptos, bambú dorado, árboles del chicle o de la cruz, plantas de canela, clavo, alcanfor, pimienta, nuez moscada o sándalo, buganvillas, flores de loto y estanques en los que, como si de una batalla naval se tratara, cientos de lirios acuáticos Victoria Regia (blancos de día y rosas al atardecer) chocan entre sí, mordiéndose los gruesos laterales.

Entre todo este batiburrillo cultural, poblaciones como Chamarel, famosa y querida por su exclusiva Tierra de los Siete colores y por la cascada de 83 metros de altura que bate la pared vegetal de un acantilado, Curepipe, levantada con el miedo que suscitó un brote de malaria que obligó, en el siglo XIX, a abandonar la costa, o Rosse Hill, acunada por una montaña que, al amanecer, se convierte en una espectacular piedra rosa, reclaman nuestra atención, incapaz de desdoblarse y considerar, al mismo tiempo, tantas sugerencias, tantas atenciones, tantas y tan variadas posibilidades.

Pero el hilo conductor se estira, inexorablemente, convirtiendo a Mauricio en un gigantesco túnel del tiempo del que, de vez en cuando, se puede escapar para refugiarse en lo mejor de nuestros días: fogones en los que, como en las paletas de los pintores impresionistas, se mezclan montañas y texturas increíbles e instalaciones hoteleras de altísimo nivel en las que el buen gusto occidental y las mejores tradiciones orientales se funden para crear un ambiente único, propicio para el descanso, la paz y la diversión.

Estos complejos, escondidos entre la vegetación o las lomas, dependiendo de la geografía de la isla, ofrecen, además de habitaciones de ensueño y una amplia variedad gastronómica, multitud de servicios y actividades: desde playas privadas, excelentes campos de golf o spas basados en técnicas asiáticas de relajación y purificación corporal, hasta excursiones a caballo o en bicicleta, cursos de submarinismo con los que conocer los fondos marinos, convertidos en colchas de luz, color y movimiento, esquí acuático, barranquismo, descensos en canoa o senderismo.

En todos ellos se palpa lo mejor de la herencia dejada por los antiguos colonizadores de Mauricio, especialmente ese savoir vivre y un savoir faire francés que ya se manifiestan claramente en la línea de bandera del país, Air Mauritius, que desde su embarque traslada cuerpo y espíritu, en sus cómodos y modernos abiertos a todo lo que más tarde se vive y disfruta en el destino. No se trata de un simple lema, si no de una realidad. El placer, el rito del placer.

De fondo del conjunto, como un tapiz recién colgado, el Océano Índico -malva, azul, transparente, verde, blanco, violeta, rojo y por fin negro- cortado a navaja por una barrera de coral difícil de salvar, aún para los patronos expertos que, con mano firme, intentan regresar a tierra al atardecer después de faenar toda la jornada.

Isla Mauricio es una superviviente nata que ha aprendido a adaptarse a los tiempos, exprimiéndolos como si de una fruta madura se tratara, para ofrecer al visitante lo mejor de cada uno de ellos y de quienes los fueron protagonizando. Aunque todo lo demás no existiera (hoteles de gran calidad, exquisita gastronomía, habitantes amables, diversas muestras culturales) Mauricio seguiría siendo el lugar que, según Marc Twain, inspiró la creación del Paraíso. Por lo tanto, aunque sólo fuera por eso, por ser una superviviente, la isla merecería ser visitada.

Más información: www.airmauritius.com

TEXTO: http://www.tusdestinos.net/reportajes/reportajes/isla-mauricio-encrucijada-cultural.html

CONTRATACIÓN:

Av Padre Isla – 38
24002 León
Tlf 987.24.95.00

o bién solicitanos información enviando un email a

fernandoprieto@halcon-viajes.es
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