TAIPEI
Llegué a Taipei una noche lluviosa. A la mañana siguiente, como no podía ser de otra manera, mi primera visita fue al Fuerte de Santo Domingo. En pocos minutos me planté en Danshui, un antiguo pueblo de pescadores que toma el nombre del río, viajando en un metro de superficie que sigue el curso del agua hacia el norte. En un promontorio que domina la desembocadura, asomándose a las aguas del estrecho de Taiwan, una casona de gruesas paredes de color ocre se eleva orgullosa. Es el Fuerte Antonio.
Muy cerca, una construcción de ladrillo de mayores proporciones, rodeada de bucólicos porches, muestra la fortificación con que los holandeses reforzaron el original Fuerte Santo Domingo. Por sus dimensiones, se ve claramente que sólo podía albergar a una pequeña guarnición y no tenía otro objeto que proteger el sueño de los arriesgados navegantes que se aventuraban en aquellos mares.
A los taiwaneses les encanta comer en la calle. Particularmente, en la
costanera del río
Al finalizar la breve visita, me perdí sin rumbo por las bonitas calles de Danshui, asombrado de la cantidad de puestos de comida, cada uno con su especialidad, que ocupan las aceras. Muchos exhiben, perfectamente alineados, extraños huevos de color marrón de varios tamaños que no me animé a probar. A los taiwaneses les encanta comer en la calle. Particularmente, en la costanera del río que, al atardecer, concita una gran muchedumbre de gentes ociosas que se sientan a contemplar la puesta de sol o a olfatear la sal del cercano mar que les acerca la brisa.
Más interesante, sin embargo, resultó la visita al Museo Nacional. Chang Kai Shek no vino con las manos vacías. Se trajo consigo, «para protegerlas del enemigo», las mejores y más valiosas obras de arte de los museos y palacios de Pekín. Nunca se sabrá a ciencia cierta si se trató de un expolio o de un intento deliberado de preservar el tesoro nacional de la Revolución Cultural que llegaría a continuación. Afortunadamente, muchas de aquellas valiosas piezas pueden admirarse hoy en este espléndido museo, anidado y como escondido entre boscosas colinas al norte de la ciudad.
De Taiwan a San Lorenzo del Escorial
Algo hay en la amplia explanada de acceso que recuerda al Valle de los Caídos. Como éste, también cuenta con inmensas estancias excavadas en la roca, donde se preservan, en cámaras acorazadas y climatizadas, la mayor parte de las 600.000 piezas que llegaron desde la China continental con los nacionalistas exiliados.
Lo que se exhibe en las impersonales y decepcionantes salas del museo (techos bajos, luz pobrísima, horrible acústica, pésimo sistema de aire acondicionado, para nada a la altura del contenido), no representa ni una mínima parte de este tesoro, pero, aún así, basta para dejar fascinado a cualquiera. Si tuviera que elegir sólo tres de las innumerables maravillas pertenecientes a las distintas dinastías que están accesibles al público, no lo dudaría ni un instante.
Me quedaría con La berza de jade, una de las piezas más aclamadas, procedente de la dinastía Ching; con un porta almuerzos de marfil labrado y policromado que se exhibe en la segunda planta y, sobre todo, con un increíble juego de esferas de marfil, de autor desconocido: una bola ahuecada que contiene en su interior otras siete esferas, cada una dentro de la otra, todas primorosamente labradas, todas independientes y capaces de girar en cualquier dirección. Esta obra insuperable se hizo a partir de una sola pieza de marfil sin otro objeto que mostrar la maestría del artista. Nadie sabe quién fue ni cuanto tiempo le llevó, pero pudieron ser muchos años.
Hervidero asiático
Taipei se ha convertido hoy en una ciudad típicamente asiática, un hervidero de gente con un tráfico infernal y autopistas elevadas por doquier, hasta el punto de que hay momentos en que el viajero tiene la impresión de estar transitando por las calles imposibles de Bangkok. La mayoría de los edificios son feos e impersonales, pero eso mismo hace que destaquen sobremanera el puñado de notables rascacielos y monumentos que dan personalidad a su epidermis urbana.
El emblema de la ciudad más lluviosa del mundo es el Taipei 101, el segundo edificio más alto del planeta
El más esbelto de todos, el que se alza al cielo tan enhiesto como un junco de bambú, el que juega permanentemente a las escondidas con las nubes, el emblema y orgullo de la ciudad más lluviosa del mundo, es el Taipei 101, la segunda punta de lanza del planeta (la primera antes de que le desbancara la Dubai Tower). ¡Qué contraste -pienso, mientras contemplo su larga figura evanescente a través de los cristales llorosos de lluvia de mi habitación en el hotel Landis- si lo comparamos con el modesto Fuerte de Santo Domingo que los navegantes españoles levantaron aquí hace menos de cuatrocientos años!
En el breve periodo de tiempo transcurrido entre ambas edificaciones se comprime toda la peripecia de este pueblo sobrevenido que lucha por encontrar su lugar en la historia (los días lluviosos tienen estas cosas y, por menos de nada, uno se pone a filosofar).



